Lunchboxes

Lunchbox. La lonchera. El símbolo innegable de los aspectos negativos de la infancia. Escribiendo este ensayo no puedo evitar no pensar en el olor a tortilla tiesa, a termo mal cerrado, a plástico de aislamiento térmico… Durante los primeros años escolares, la lonchera era un espejo de la personalidad. Pienso en las memorias traumáticas de Marge Simpson donde aparece la burla que se le hacía en relación a su lonchera de The Monkees, la banda que no componía ni interpretaba sus “propias canciones”.

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“Los Monkees no eran sobre la música Marge. Eran sobre rebelión y revueltas políticas y sociales.” – Dr. Zweig

Mi primera lonchera tenía al Hombre Araña peleando contra el malvado Dr. Octopus (Años más tarde, en el sexto grado, una compañera haría llorar a un niño diciéndole que las señas que realizaba el héroe eran satánicas). Era el pre-Kinder y correspondía colocar las loncheras, el único implemento que debíamos llevar con nosotros a la escuela en un mueble ubicado en una esquina del aula. Recuerdo que a la hora de la merienda y la hora de salida, se creaba el caos y a veces hasta resultaban heridos.

Existían dos tipos de loncheras, las clásicas cajas cuadradas de plástico y las de “tela plástica” como la mía, cada una solía incluir su termo alusivo a la imagen de la lonchera (curiosamente no recuerdo la imagen en mi termo). Manuel, uno de mis compañeros, tenía la misma lonchera y hoy desconozco que mecanismo utilizabamos para no confundirlas. Un día en el trayecto del bus de regreso a casa, Jeffrey pensó que tirar su lonchera por la ventana sería una buena idea. No lo fue. Un carro terminó pasandole por encima a la lonchera de Simba, que era del tipo de “tela plástica”. Tras presenciar el incidente, el resto de mis compañeros concluyeron que por escenas como esa, las loncheras de cuadradas de plástico sólidas eran las mejores.

Lonchera suave vs. lochera dura. Lamentablemente ninguna aguanta el peso de un carro...

Lonchera suave vs. lochera dura. Lamentablemente ninguna aguanta el peso de un carro…

No tengo mayores recuerdos de mis loncheras fuera del Pre-kinder. Recuerdo que siempre quise tener una colorida lonchera naranja chillante que daban en Pollo Campero. Era de las “sólidas” y traía adorables personajes que sin duda han quedado en el olvido de la franquicia. Recuerdo que me agradaba especialmente un perro, algo curioso dado que en esos tiempos padecía de fobia hacia ellos. Probablemente, para primer o segundo grado ya utilizaba una “lonchera de grande”, pues recuerdo que cuando la dejaba olvidada en la escuela, temía que mi mamá en represalia me hiciese llevar la lonchera de Winnieh the Pooh y Pigglet o sino una de las primeras loncheras que tuvo mi hermano, un busito azul tripulado por animales que tenía una maldita tendencia a abrirse a medio camino, despilfarrando no animales antropomorfos, sino los contenidos de la merienda de ese día. Más adelante, mi madre cambiaría de táctica ante nuestro olvido, cambiando los personajes infantiles por llevar la comida en bolsa plástica de supermercado.

A partir de cuarto grado, ya en general casi no se veían loncheras con dubujos, y comenzaría a volverse más evidente que los niños “cool”, no llevaban lonchera, compraban en la cafetería… Pero esa sin duda es historia de otro día. Víctor, un niño que me llevaba un año de estudios era un caso extraño. Él era una mezcla entre bully y payaso de la clase, pero curiosamente, hasta el sexto grado que yo me cambié de colegio, él llevaba su comida en una lonchera de Jessie, la vaquerita de Toy Story.

Realmente, de la nada se me provocó escribir este pequeño ensayo sobre las loncheras y las memorias que el tema me hacía revivir. Espero ese haya sido el caso para varios de los lectores y adelante, son bienvenidos de compartirlas en los comentarios!

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