Purity Ring – another eternity (2015)

Acumular y acumular discos (y casi cualquier cosa en general) a un nivel que no se podrá apreciar ni la mitad de lo acumulado es algo frecuente entre aquellos que disfrutan del mundo de la música. Me ha pasado con mi colección física y pues no digamos con la digital. Por otro lado, el utilizar Spotify parece estarme ayudando a tener acceso a un amplio universo musical y tener cierto control de lo que escucho sin tener que sobrecargar la memoria de mi computadora con música que a lo mejor nunca llegaré a escuchar. Armo playlists con nuevos lanzamientos y reediciones; álbum escuchado en su totalidad es álbum borrado de la playlist, y solo aquellos que lograron llamar mi atención son descargados y trasladados a mi iPod para una mejor apreciación.

another eternity de Purity Ring es el segundo disco (luego del cuarto álbum de la banda española de post-rock Toundra) en pasar por este método de selección. another eternity es también el segundo disco de la banda, luego de que su debut Shrines levantara bastante polvo cuando salió en el año 2012, debido a su pop concentrado, minimalista, con una voz que recordaba los girl groups de los 60s y con sintetizadores que rememoraban años que aun no habían sucedido. Shrines, un disco compuesto por correos electrónicos sin que los dos miembros de la agrupación se vieran en persona, se convirtió en el molde a seguir por muchos otros grupos de la escena “indie” en los 3 años intermedios, sin embargo, al igual que gigas y gigas de música en mi disco duro externo, nunca le llegue a prestar atención.

Purity Ring – Fineshrine (2012)

Tras leer la reseña de another eternity en Pitchfork en la que cuestionan el disco por ser muy similar a su predecesor, es que me pregunto si mí me habrá gustado más que al crítico promedio debido a mi desconocimiento del sonido “característico” de la banda. Forzado a revisitar el disco debut, ya parezco comprender lo que dicen por ahí, pero aún así me parece que lo correcto es reseñar another eternity como “stand-alone record”, sin hacer referencia al “legado” de la banda, si es que se le puede llamar así a una banda que solo lleva 5 años y 2 discos en su haber.

Purity Ring – begin again

Quien me conozca sabrá que la música “pop” es en realidad mi estilo de música preferida, y aunque cada años pueda disfrutar 2 que 3 canciones de pop comercial, me gusta nadar más allá de la superficie, por lo que un synthpop controlado e inteligente como el presentado por Purity Ring, un synthpop que no llega a abusar de los efectos y sintetizadores, sino que los utiliza con precisión, resulta tan de mi agrado. Pero el encanto del pop es universal y está presente en another eternity, un álbum en el cual ambos integrantes ya lograron coincidir en un estudio de grabación: una voz agradable, un coro melodioso, la transmisión de ideas en “frases” de alrededor de 4 minutos. Al final se podría criticar que el disco apenas rebasa la marca de la media hora, pero con pop así de azucarado, como con cualquier pastel de chocolate, han de saber que las porciones deben de ser servidas con cordura.

Purity Ring - Another Eternity

3.5/5

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Sleater-Kinney – No Cities to Love (2015)

Es difícil actuar emocionado con respecto al regreso de Sleater-Kinney, cuando el trío de mujeres del norte de Estados Unidos anunciara a finales del año pasado su regreso tras 10 años de silencio. La banda no había sido en mi galaxia musical más que una recomendación permanente, con una marca de interés para meterme más de lleno en su discografía en un futuro. Tomó que se levantaran de entre los muertos para que finalmente les prestara la atención debida.

Su discografía es amplia, abarcando diez años desde el debut Sleater-Kinney en 1995, hasta el que es considerado su mejor trabajo, Sleater-Kinney de 2005. Su carrera se monta en la musical ola feminista de principios de los 90s llamada Riot Grrrl, la cual exigía atención hacia los problemas de las mujeres y cuyos grupos estaban compuestos enteramente por féminas. Las influencias del género aun son percibidas en agrupaciones actuales, sin embargo, la mayoría ignora la existencia de bandas comoL7, Bikini Kill o Babes in Toyland. Esto es comprensible, dado que lo musical solía quedarse corto al lado de la carga política, con producciones crudas y ruidosas muy poco accesibles. Los artistas que finalmente sobresalieron más de dicha escena fueron aquellos (o debería de decir “aquellas”) que no se quedaron encasillados en las limitantes tanto líricas como estilísticas del género. Hole es un buen ejemplo, pero si hay que resaltar alguna, esa es Sleater-Kinney.

No puedo hablar con propiedad de sus primeros diez años de trayectoria. Habré escuchado The Woods o discos como Sleater-Kinney un par de veces, y podría resaltar una que otra canción, pero es hasta No Cities to Love que realmente me he propuesto entrarle a la banda. Y pues lo primero que debo decir es que esta es probablemente la mejor puerta de entrada a la banda, dado que a lo largo de sus diez canciones se puede encontrar la actitud confrontativa, acompañada de excelentes ganchos instrumentales que le dan personalidad a cada canción a tal punto que es difícil resaltar una en particular sobre las demás. Si bien es cierto que el sonido puede parecer un tanto similar, esto sencillamente se debe a la cohesión que un álbum debe tener; tal vez no tan perceptible, pero sí existente.

Sleater-Kinney – Jumpers (2005)

En cuanto a las letras, vale resaltar la canción que da título al álbum, y que propone que las ciudades (y muchas cosas en general) son simplemente la suma de sus partes, y que es por eso que las apreciamos. “Me parece que lo único que trae la fama es mediocridad”, canta la banda en Hey Darling, justo antes de la canción que ve el final a los diez años de silencio de estas chicas, que ya pasando de los cuarentas seguramente tienen nuevas preocupaciones que hace 20 años, pero la fama nunca ha parecido ser una de ellas. Puede que la carrera de la bnada no les haya dado mayor fama ni dinero, pero sí una sólida fanaticada que con que este disco, sin duda crecerá (cuentenme a mí entre los nuevos adeptos).

Sleater-Kinney – A New Wave (2015)

No Cities to Love al final no está rompiendo nuevos territorios, sin embargo, echa de ver que a pesar de diez años de silencio como banda (Carrie Brownstein forma parte del equipo de la comedia Portlandia, mientras Janet Weiss tocó con Stephen Malkmus y formó su propia banda Wild Flag), la banda sigue haciendo bien lo que siempre ha hecho. El disco al final representa la vuelta al firmamento de una muy buena banda de rock, al igual que representa la oportunidad para muchos, incluyendo este escritor, de descubrir lo logrado por estas chicas a finales de los 90s y principios de la década del 2000 en un género musical (rock alternativo y rock en general), que ha sido ampliamente monopolizado por hombres.

Sleater-Kinney - No Cities to Love

Rating: 4/5

Diego Ardón: el álbum y la película

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Anoche soñé que encontraba una flauta transversa abandonada, entre cajas en la bodega de la casa. Una flauta probablemente heredada de la hija de una amiga de mi papá que probablemente la tenga abandonada en la vida real. En el sueño, tomaba la flauta y con toda la naturalidad del mundo daba vida a sonidos melodiosos. Posiblemente el sueño en realidad había sido provocado por haber visto la semana anterior un DVD de Jethro Tull en el Festival de Jazz de Montreux del año 2003, y no como señal de alguna habilidad escondida dentro de mí.

Aún así, mientras miraba un documental sobre la historia del Jazz, como forma de educarme frente a un futuro programa de A la izquierda del dial (mi programa radial), observé que mi papá, en una búsqueda por un escurridizo cargador, como suelen ser esos aparatos, había dejado a la vista el estuche del viejo saxofón Yamaha de mi hermano hace ya unos 15 años y abandonado hace unos 12. Aún incrédulo en la clarividencia de los sueños (a pesar que la noche anterior al bombardeo en la UNAH de la semana pasada, yo ya lo había soñado), tomé el instrumento y tras varios minutos de soplar sin éxito y dos que tres videos de Youtube, logré hacer que la cañuela vibrara apropiadamente, a pesar que en la media hora de práctica, únicamente un trío de clavijas lograron variar el sonido producido.

Hacer sonar el saxofón tras tres años de silencio fue satisfactorio, pero más despertó una idea en mi cabeza. Mi padre, quien siempre nos apoyo en lo musical, a pesar de carecer de cualquier talento nato o disciplina necesarias para dominar algún instrumento en particular, logró equipar la casa con micrófonos, amplificadores, teclados, guitarras acústicas y eléctricas, un bajo tocado por Delirium, una batería desaparecida y el anteriormente mencionado saxofón, por no agregar las flautas dulces, armónicas y hasta una pequeña consola de sonido.

Muy fácilmente podría aventurarme a formar una banda con ese equipo, pero nunca logré hacerlo. La falta de talento, disciplina y/o dedicación fueron factores clave, y ya a mis 23 años, montado en el tren de la vida, veo la proeza aun más difícil que cuando mi mayor preocupación era garrotearme los iones poliatómicos para el examen de química en décimo grado. Luego recordé la vez que participé en el programa ¿Quién quiere ser millonario?, y a pesar de no llegar a la silla caliente, se me vino la idea que de haber ganado, bien me podría haber dado el lujo de dedicarme un año entero a componer y grabar un álbum.

“O de haber ganado… hubiese invertido ese dinero y ese año en realizar una película independiente. Algo dirigido y escrito por mí, un cuidado trabajo que sobresaliera entre la precariedad de lo que se hace llamar ‘cine hondureño’ en estos días” pensaba, meintras miraba Life Itself, el documental que cuenta la trayectoria del célebre crítico de cine norteamericano Roger Ebert, así como sus últimos años de vida, luchando contra un cáncer que en 2006, 7 años antes de su muerte, le costó la mandíbula y con ello el habla. Ebert me recordó que desde más joven (ya serán diez años en el 2017), encontré consuelo en reseñar tanto películas como música. Repasando lo escrito en aquel entonces, encuentro muchas de las reseñas insatisfactorias; malas a decir verdad, pero por otro lado, tras unos 3 años de haber abandonado el hábito, siento admiración por la evolución que iba tomando y el ritmo que logré adquirir en cierto momento; ritmo que sinceramente desearía recuperar. Y pues esa fue la idea con comenzar estos blogs (Written in Marvel es un blog dedicado exclusivamente a los comics), buscando recuperar el ritmo que alguna vez alcancé en mi antiguo blog diegoardonsblog.blogspot.com y en la comunidad de Rateyourmusic, donde llegué a tener 7 reseñas resaltadas en la portada de la página.

Por el ritmo en que posteó nuevas entries hoy en día, habrán notado que “recuperar el ritmo” ha probado ser difícil, y la única razón por la que me encuentro escribiendo el día de hoy, es debido al feriado de semana santa, cuyas obligaciones pos-feriado me permiten quemar 2 horas en un ensayo sin sentir que estoy sacrificando tiempo de estudio o tareas. Así que espero que durante esta semana, la mayor actividad en mis cuadernos y blogs permita despertar el músculo atrofiado que no recuerdo bien porque dejé de ejercitar. En cuanto al álbum o la película, no la esperen de pie, pues ya las considero aspiraciones poco probables en esta vida, aunque si bien consigo regresar a otro programa de concursos, tal vez logré hacer valer la acumulación de trivias en mi cabeza para ganarme el año sabático que me permita realizar alguna de estas opciones.

¡Róbate este post!

En el año 2002, la banda armenio-americana System of a Down lanzaba un álbum con un título parecido a este post, haciendo referencia a la vez a un libro de la contracultura del os años 70 (Steal This Book de Abbie Hoffman), y como respuesta a la frustración causada por el filtrado a través del internet de lo que sería su tercer disco, un año después de Toxicity, el álbum que los dio a conocer ampliamente en el mundo musical. Los piratas cínicamente lo llamaron Toxicity II, pero lo que en realidad molestó a la banda, fue la mala calidad del filtrado y que muchas de las canciones que aparecieron ni siquiera estaban culminadas. La versión final, Steal This Album! vería la luz ese mismo año, aunque con un artwork casi inexistSystem-Of-A-Down-Steal-This-Albumente, y a pesar de que los miembros de la agrupación han reiterado que es de sus trabajos favoritos, pocas de las canciones del álbum son tocadas en concierto.

El disco es curioso, pues fue uno de los primeros en tocar abiertamente el conflicto de los filtrados y descargas por internet, en una época donde aún usabamos Kazaa y iMesh, y más de una tienda de discos sobrevivía en la capital. Para ese entonces comenzaba una campaña mediática en contra de la piratería, y en un spot que no faltaba en cada función de una película, se hacía una analogía entre bajar música o una película y robarse un carro; buscando hacernos sentir culpables por bajar música ilegalmente (ni hablar del más reciente “tenemos un papá pirata“…).

El Siglo XXI ha encontrado soluciones; iTunes se convirtió en una alternativa a tener que ir a la tienda, pero esa era la esencia de comprar música y no el problema. La aparición de plataformas como Spotify parecen indicar una percepción de la imposibilidad de erradicar el problema y más bien apuntan que la nueva estrategia es sacar por lo menos unos centavos de ganancia (que multiplicados ya no son centavos, pero sí significativamente menores a cuanto se movía en la década del 90). En esta entrada, platicaré un poco de mi relación con la descarga de música, tomando en consideración el factor ético.

Siempre me ha gustado la música, y siempre me ha gustado tener los discos, incluso a pesar de no haber vivido la gloriosa era de los vinilos, las portadas y booklets, especialmente aquellos que traían las letras en una era antes de que el internet las hiciera fácilmente accesibles. Sin embargo, hay que reconocer que poseer una biblioteca/audioteca musical conlleva un gasto económico, por lo cual el poder acceder a todo el mundo musical a través del internet y con nada más que el gasto mensual de conexión  y electricidad parece ser una idea llamativa, especialmente cuando no nos queremos arriesgar con comprar un disco sin saber si este tendrá más que un par de buenas canciones.

Bajar música no es malo, el internet ha sido la forma por medio de la cuál me he enterado de la existencia de gran parte de mis bandas y discos favoritos, y es más, siempre busqué complementar mi colección digital con una física. No sería de extrañarse que detrás de este comportamiento haya algo de “atonement”, un sentimiento de culpa, pero es innegable que hay algo de atractivo en todo el ritual de poner un disco en el equipo de sonido y escucharlo mientras se hojea un booklet o se analiza la portada. Lamentablemente, hoy por hoy, las tiendas de discos están casi extintas, o comprensiblemente sobrevaloran sus precios, pero gracias a CD Music y su importación de discos de segunda, así como por mi manía de intentar comprar un disco en cada viaje que realizo, he logrado acumular una decente colección musical. Sin embargo, hoy en día, y salvo la excepción de algún disco comprado en el supermercado, la gran parte de mi música la consumo digitalemente.

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La pregunta entonces es si ¿siento algún cardo de conciencia? Pues, Spotify viene siendo mi fuente primaria, pues mis más de 200 GB de música están en un molesto disco duro externo. Sin embargo, al final, Spotify es un proceso de prueba. Si me gusta un disco, pues eventualmente lo descargaré para poder andarlo conmigo en mi iPod (si me preguntan, Soulseek es el mejor programa para descargar música). ¿Es igual entonces descargar un álbum o película que robarse el BMW del vecino? ¿Debemos de sentirnos culpables de ser padres piratas? ¿Le enseñamos algo malo a nuestros hijos al consumir media ilegal? Puedo decirles tranquilamente que no. Cualquier persona con la mínima educación sabrá que robar de una tienda no es correcto, ni siquiera un chicle o una dona. No me considero puro e impío, pero creo tener la capacidad de distinguir entre malo y bueno, pero el caso ilustrare con dos ejemplos en los que pude haberme quedado con disco/s de otros racionalizando mis acciones.

En mi año de intercambio en Finlandia, uno de los lugares que más frecuentaba era la biblioteca musical del pueblo (en solo ese año 2009-2010 logré experimentar la transición en la cual las tiendas se fueron vaciando de discos y la única especializada hasta desapareció). Era un lugar agradable, con la capacidad de escuchar discos de vinilo, leer Mojo Magazine y demás literatura musical y sacar sin costo alguno más de 10 discos, los cuales se prestaban por una semana. Era una rutina semanal ir a cambiar el set de discos que escucharía, una rutina que disfrutaba. La colección era decente, y la última semana recuerdo que fue la que más saqué, se me llegó a cruzar por la mente que muchos de esos discos bien podrían sentarse muy bien en mi propia colección y que algunos serían difíciles de conseguir una vez que saliera de Finlandia. Lo pensé, probablemente hasta les hice espacio en mi maleta; confiaba en que no sospecharían nada en el aeropuerto, pero finalmente desistí, y al igual que cada semana, fui a dejar los discos casi robados.

Al regresar a Honduras, en la casa de un amigo (él sabrá de quién hablo), su papá tenía una colección que también habría acumulado hace ya varios años. Solía quedarme viéndolos y escuchándolos; siendo el DJ mientras los demás loqueaban. En mi etapa en el colegio me parecía una interesante colección, hoy en día la vería con otros ojos, pero habían cosas interesantes como Automatic for the People de R.E.M. o The Joshua Tree de U2, banda consentida del dueño de la casa. Sin embargo, el disco que me tentó mucho fue un Rumours de Fleetwood Mac, aquel icónico disco de 1977 grabado luego de la separación de las dos parejas existentes en la banda. Es un disco cargadísimo emocionalmente, y que los que son contemporáneos probablemente ya hasta se hayan asqueado de él, sin embargo yo lo descubrí hace poco (relativamente, ya han de ser unos 7 años). Como les decía, el papá de mi compañero notablemente tenía sus discos favoritos en la guantera de su camioneta, y probablemente era yo quien le daba más uso a su colección, por lo que en algún momento pensé que ese Rumours se vería mejor en mi marquesa. Además, para aquellos días había desaparecido en esa casa una muy preciada mochila Jeep con la que viajé por Europa en mis días al otro lado del charco. “Sería justo…” pensé. Pero no lo era, no era correcto. Tenía la confianza de todos en esa casa, y aunque nunca se llegarán a dar cuenta, mi conciencia quedaría manchada con el hecho. No lo hice, y hoy en día que mi propia colección permanece sin ser usada habitualmente, pues me pongo en su lugar (el de un adulto),  y me doy cuenta que lo digital es lo más apropiado para las obligaciones que la edad corresponde, y que aún así no me gustaría que mis discos comenzaran a desaparecer sigilosamente…

Así que bueno, al final son ejemplos retóricos, que bien podría ser que deseaba sacarlos de mis adentros, pero a la vez pienso que sirven efectivamente para ilustrar el abismo moral que existe entre robar una copia física, de la pertenencia de alguien más que de una disquera (los artistas reciben muy poco de ese dinero), y bajar un miserable disco del internet que de otra forma sería casi imposible de conseguir, y que además muy probablemente venga de un artista que no le interesa y probablemente ni sepa donde queda nuestro país y que a lo mejor ni me guste.

Y como todo lo que escriba no puede ser más elocuente que Matt Stone y Trey Parker, acá les dejo un fragmento (pirateado) de la caricatura South Park, el cual deja todo muy claro:

Breaking Bad

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Una madrugada de la semana pasada, con el reloj cercano a las 2 de la mañana, terminé de ver el último episodio de la serie de televisión Breaking Bad. Para cualquiera que aun no la haya visto, o “solo haya visto partes”, les advierto, esta entrada tendrá spoilers y si bien trataré de anunciar los más significativos, los invito a que miren toda la serie de principio a fin.

Me encantan las películas, pero no soy mucho de series. Puede que generalmente carezca de la disciplina de seguirle el hilo a una historia por 100 capítulos seguidos. En estos momentos realmente no recuerdo que otra serie he visto de principio a fin; me faltan tres episodios de Mad Men para estar al día y esperar los últimos capítulos a salir este 2015, y comencé a ver Lost, pero creo que llevo unos 3 años y aun me falta la mitad de la última temporada. Lost claramente ilumina el problema sobre muchas series; si estas son realmente exitosas, los escritores buscarán formas de alargar las tramas lo más posible a pesar de que dejen mucho de la calidad en el camino. Aun sin haber terminado de ver Lost, creo que la serie pudo haber funcionado mejor con dos temporadas menos ya que la segunda y tercera temporada se vuelven cansonas y muy repetitivas.

Pero bueno, quería hablar de Breaking Bad, y pues resaltar el hecho de que en poco más de un año terminé de ver los 62 episodios que la componen, y este tiempo se alargó debido a que intercambiaba temporadas con Lost y a que realmente, ver Breaking Bad es adictivo y no me atrevía a hacerlo mientras tenía verdaderas cosas pendientes. Probablemente ya conozcan la historia y no he de perder mucho tiempo en ello; Walter White, un químico inteligente con la capacidad de hacer grandes cosas lleva una vida de frustración, dando clases en una secundaria, con un hijo que nació con complicaciones físicas y una hija más en camino. Para rematar todo, Walter es diagnosticado con cáncer y esto parece ser el detonante para que Walt deje atrás sus escrúpulos y busque sacar ventaja de sus conocimientos de la materia para fabricar la meta anfetamina más pura en el mercado. Con esto, Walt espera dejar suficiente dinero para mantener a su familia una vez que muera.

Eso es lo básico que deben saber, pero las cosas se van volviendo más complicadas e interesantes una vez que se introducen distintos personajes y la serie va tomando nuevas direcciones, con el arco principal siendo el cambio progresivo de Walt a lo que se convierte cerca del final de la serie. Si no la han visto, probablemente este sea un buen punto para dejar de hacerlo.

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Mi papá, quien ocasionalmente se detenía a mirar el programa conmigo, a pesar de que no tenía subtítulos, se interesaba lo suficiente para quedarse un rato, y yo disfrutaba tratando de explicarle brevemente la complejidad del programa. Cada cosa que pasa está fríamente calculada dentro del guión. La madrugada que vi los últimos capítulos, él leía al escritor chino Mo Yan; mi papá, quién aún maneja que el fin de todos los medios es educar, me planteó una pregunta interesante, “¿que había aprendido de todo eso?”. ¿Meterse a la droga es un camino irreversible y cuyas ventajas no siempre se puede disfrutar? No, eso parece muy obvio, y me hubiese ahorrado esos 62 episodios si ese fuera el mensaje. Realmente, no todo debe tener un mensaje; como entretenimiento, Breaking Bad es lo mejor que van a encontrar en la tele. Los montajes musicales, las actuaciones, el muy cuidadoso guión, sino observen mi capítulo favorito One Minute de la tercera temporada (probablemente la más emocionante); todo eso por si solo es razón suficiente para seguir la serie. Finalmente, me di cuenta que el mensaje se encontraba en la confesión que un prófugo Walter hace a su esposa en el capítulo final. Walter pasó engañándose toda la serie que lo que hacia, lo hacia por su familia, cuando realmente, lo hacía por él, porque quería y porque era bueno en lo que hacía, dándonos a entender que en realidad no hay razón lo suficientemente “noble” como para adentrarse en una vida de crimen.

Sin embargo, parte del éxito de la serie radica en lo creíble que es la transformación de Walter, de una persona como decir, mi papá, a un criminal capaz de matar a una docena de personas en diez minutos únicamente para mantener su nombre seguro. En la primera temporada, cuando golpea a los tipos que se burlan de su hijo, o cuando enciende el carro del idiota de la gasolinera, Walter se va ganando la simpatía de la audiencia, quienes ingenuamente ignoran lo que él hace (incluso Jesse, cerca del final de la serie prueba ser redimible a un punto al que Walt ya no es capaz de llegar, se arrepiente de los asesinatos que causaron sus negociaciones, ignorando el impacto que su producto seguramente tenía en sus consumidores). Aún así, en el sorprendente final de la segunda temporada, cuando Walt regresa a donde un muy drogado Jesse y ve morir a Jane, la quiebrabolas novia de este, en una situación que él fácilmente pudo haber evitado, no pude evitar pensar que se lo había buscado e incluso, que yo hubiese hecho lo mismo. Es hasta el final de la cuarta temporada, en los segundos finales, cuando nos damos cuenta que Walt envenenó a un niño para hacer que Jesse volviese a ser su aliado, que el personaje marcó una línea en el suelo para mí. En la última temporada, Walt ya es un monstruo, sin remedio, y cuyos actos finales son nada más una remediación obligatoria, contrario a ser percibida como un acto heroico.

Si bien la tendencia se miraba desde el principio, se volvió más evidente en el capítulo que Hank  comparte con su sobrino luego de haber acabado con dos muy aterradores matones. El cuñado, agente de la DEA es el verdadero héroe de la serie, y tal como hace el paralelismo en ese capítulo, al igual que en el caso de Pablo Escobar, nadie habla mucho, ni conoce a los responsables de haberlos atrapado; nuestra sociedad, aparentemente, prefiere al antihéroe, y quienes no logren ver la serie de principio a fin puede que se pierdan el “mensaje” de la serie, si es que en realidad lo hay.

Una última crítica que tengo sobre la última temporada, es el hecho de que los antagonistas principales (Lydia y Todd), son personajes que aparecen hasta ese momento, y que nunca habían sido mencionados anteriormente, casi pareciendo una idea tardía. Si bien no estoy pidiendo su aparición, algún tipo de cameo, especialmente por parte de Lydia (el de Todd tendría poco sentido) hubiese sido genial. Yo pasé casi toda la última temporada pensando que un Gus Fring sin la mitad de su cara iba a reaparecer en cualquier momento.

Bueno, únicamente queda por esperar a ver que tal funciona Better Call Saul, una especie de precuela centrada en el personaje de Saul Goodman, interpretado genial y jocosamente por Bob Odenkirk, y que se estrenará con dos capítulos a principios de febrero. Espero que la historia se pare por si sola y que no recaiga en la fama cosechada por Breaking Bad, pues siento que ese arco ya se cerró cumpliendo satisfactoriamente su ciclo (Se dice que la serie contendrá tramas simúltaneas y posteriores a los eventos vistos en la serie madre). Adicionalmente, espero que se admita que en realidad era un chiste o que suceda algo que evite que salga la versión oficial colombiana de la serie. Tengo pesadillas con esa porquería, y si no me creen, solo miren el cast:

Las fiestas en vegetariano

Durante el año que tuve la fortuna de pasar en Finlandia conocí muchas cosas nuevas. De repente, me encontraba en un lugar donde la gente pensaba de maneras radicalmente diferentes y aun así podían convivir fácilmente; Musulmanes, ateos, homosexuales, góticos, y vegetarianos, y yo, un latino de un país que nadie sabía donde quedaba. Realmente nadie discriminaba ni preguntaba fisgonamente el por qué de las elecciones de los demás. Así son las cosas en una cultura más abierta y educada. Así que de un día para otro decidí dejar de comer carne por unos meses, y luego de la nada decidí comer pescado, y luego carne nuevamente y nadie me cuestionó nada. Al regresar a Honduras, carnívoro nuevamente, tuve la fortuna de encontrarme con el libro Eating Animals, escrito por Jonathan Saffran Foer, una lectura que finalmente me daba un argumento sólido con el cual lavarme las manos cada vez que alguien me hacia la molesta pregunta de por qué había decidido volver a hacerme vegetariano. “Leí un libro” respondía, daba el nombre, y todo aquel interesado estaba bienvenido a darle una leída a un libro de fácil lectura (incluso ofrecía prestarlo) que claramente expone los peligros ambientales y morales que conlleva el comer carne; la brutalidad inhumana que se vive en las fábricas de pollos y los destasaderos de cerdos y ganado, el impacto ecológico de las liberaciones de metano del ganado, la cantidad sorprendente de comida que ocupan los animales de granja para ser productivos y hasta la susceptibilidad a megazoonosis como la H1N1 o el SARS producto del mal manejo de animales. Saffran Foer es comprensivo, no condena tanto el comer carne, sino comer carne que para llegar a su plato ha tenido que sufrir un incuestionable maltrato, un hecho que la mayoría conoce pero prefiere ignorar a la hora del almuerzo. De igual forma Saffran Foer considera normal el probar el vegetarianismo, dejarlo y volver a intentarlo. Él mismo lo hizo repetidas veces, hasta que finalmente decidió dejar de hacerlo una vez que tuvo su primer hijo y decidió inculcarle valores diferentes a los que le fueron dados a él.

El clímax del libro se centra alrededor de la mesa del Día de Acción de Gracias, una de las fechas más importantes en el calendario de festividades norteamericanas, donde se acostumbra convivir con la familia, dar gracias por todas las bendiciones del año y comer un pavo, supuesta comida que compartieron los peregrinos con los nativos en el primer día de acción de gracias. Resaltó este capítulo en particular por el hecho de que en mis tres años de vegetarianismo estricto de 2011-2013 me tocó pasar por lo mismo, solo que en las dicembrinas fiestas de Navidad y Año Nuevo. En ambas vísperas solía tocarme observar como los demás comensales se alimentaban de cerdo o res, mientras a mi se me servía doble porción de ensalada o puré. No cocino, así que tampoco puedo exigir que se me haga una comida especial para la ocasión. De igual manera que el autor, coincidimos en que lo más importante de dichas fiestas no es que esta en la mesa, sino quienes están sentados alrededor.

A principios del 2014 dejé de ser vegetariano estricto. De visita a República Dominicana con mi mamá, nos encontrábamos en un restaurante donde ella quería comer, y donde no había nada agradable para mí en el menú. Decidí irme por la opción más pasable, pescado, y desde entonces, según el libro de Living Vegetarian for Dummies, me convertí en un pescetariano, alguien que solo come pescado y vegetales, o más precisamente, un flexetariano, alguien que ocasionalmente come pescado o en mi caso, mariscos. Debido a la confusión a la que se puede prestar estos términos, la mayoría siguen conociéndome como vegetariano, y aunque no lo sea, los dejo que lo digan sin juzgar ni explicar. No me siento orgulloso, lo mejor sería no comer carne, lo mejor sería no comer huevos ni tomar leche de animales que viven en condiciones deplorables, pero es difícil, y aun más si como explique anteriormente, no es uno quien cocina. Así que decidí dejar de complicar las cosas para mis mamás, y esta cena de Navidad y Año Nuevo hubo pescado en mi plato. La soya, legumbres, huevos y leche siguen siendo mi principal fuente de proteínas, pero de vez en cuando no descartó comer algo del mar, especialmente en ocasiones sociales. En cuanto a pollo, res o cerdo, esos siguen estando fuera de mi menú. Realmente creo inconcebible volver a alimentarme de alguno de esos animales, y más probablemente regrese al vegetarianismo estricto antes de comer conscientemente de uno de estos productos. Por mi parte me siento tranquilo de reducir la mortalidad de animales atribuidos a mi cuenta (una cantidad que Saffran Foer estima en 21,000 animales en la vida de un americano promedio).

Mi cena de Año Nuevo.

Mi cena de Año Nuevo.

Comics Crossover

series

En tan solo un par de meses, Los Simpsons han sido visitados por los personajes de Padre de Familia en un excelente episodio en el que se analiza el argumento de si Family Guy es solamente un plagio de Los Simpsons, y luego por los personajes de Futurama, un show del mismo creador Matt Groening, pero que fue cancelado por segunda vez el año pasado. A esta treta de los programas televisivos se le llama un “crossover” y tal como lo definiría Bart Simpson al escuchar el televisor promocionar el encuentro entre los supersónicos y los picapiedras, “Huelo otros crossover barato” en el primer crossover de la familia amarilla con “el crítico” Jay Sherman allá por 1995. Pues así como esa genial serie, yo mismo haré un crossover buscando publicitar mi nuevo blog, que parece necesitar un empujoncito.

Si bien es cierto, Life1sFast se encuentra lejos del “éxito” alcanzado por primer blog que corrió del 2007-2013 de forma intermitente y con temáticas y hasta idiomas variados. Aún así, al día de hoy, diegoardonsblog contabiliza más de 120 000 visitas. Sin embargo, se había vuelto muy revoltoso y mejor decidí apretar “RESET” y saltarme de plataforma, y pues, desde el año pasado que tengo este otro blog que parece mantener las desordenadas e intermitentes características de su antecesor. Y bueno, aunque me cueste mantenerme escribiendo en un solo blog, hace una semana que decidí que mi afición por los comics merecía un blog aparte (y hay un tercer blgo de ciencia en el horno). Así que si les gustan los comics, como escribo o un poco de cultura pop en general, los invito a que visiten el blog que lleva por nombre Written in Marvel, donde me estoy dedicando a escribir sobre las primeras apariciones de varios de los héroes favoritos, tanto de Marvel como de DC Comics.

Pues ya que este blog es de cultura en general, llámese libros, películas, series o a decir verdad, lo que se me dé la gana, pues he decidido revisitar Batman: The Animated Series, la serie de caricaturas de los 90s, que con 85 capítulos es uno de los más exitosos programas de superhéroes. Si bien es cierto que a penas voy por el capítulo 15, quiero destacar la serie pro la calidad general de cada uno de sus capítulos, y su habilidad para contar un arco completo de una historia con tan solo 20 minutos de limitación. Estos 15 episodios, los he visto en el orden que aparecen en el set de DVD, que es el orden en que fueron producidos y que no obedecen estrictamente una continuidad, dado que Robin aparece en el segundo capítulo “Christmas with the Joker”, pero inexplicablemente no aparece en ninguno del os otros 14 capítulos.

Muchos de estos primeros episodios sin embargo, obedecen un cierto orden, dado que varios representan las primeras apariciones y orígenes de varios villanos, los cuales suelen ser muy trabajados y presentan motivaciones que van más allá de solo sembrar el pánico y conquistar el mundo. Probablemente the Joker(también conocido como el Guasón), sea la única excepción, ya que este villano aparece 3 veces en estos 15 capítulos y su motivación principal parece ser en efect, causar terror y más que todo, poner a prueba los límites de tolerancia de Batman, casi invitandolo a acabar con su vida cada vez que lo enfrenta.

Antes de resaltar un par de capítulos, creo que debo de mencionar algunos que sin llegar a ser malos, resaltan por su carencia de antagonistas reconocidos, como ser el Rey de las Alcantarillas, un alocado personaje que esclaviza niños huérfanos, y el jefe Biggis, el gordo capataz de una construcción de una mina que esclaviza vagabundos. Otro capítulo curioso presenta una pandilla de Gangsters, y lo interesante de este capítulo es que se centra en el punto de vista, no del encapuchado superheroe, sino del cuerpo de policía que siempre trata de hacer su trabajo sin contar con la ayuda de Batman. Este capítulo es curioso, pues la idea sería retomada para una serie de comics que corrió en la década pasada titulada Gotham Central, y sobre la que seguramente leerán en Written in Marvel, pues me la han recomendado por ser de buena calidad.

crapvillains

Boss Biggis y el Rey de las Alcantarillas, probablemente no fueron las primeras opciones de Nolan.

 

Los productores y escritores de la serie presentan sus comentarios en ciertos capítulos, y resulta interesante escuchar como debieron remontarse al pasado de Batman y buscar en la galería de villanos, aquellos más aptos para sostener un programa de media hora con repetidas apariciones. Algunos fueron creados específicamente para la serie, siendo Harley Quinn, la asistente del Guasón la más memorable, y otros personajes como Clayface o Mr. Freeze fueron retrabajados y mejorados en sus historias. El caso de este último es bastante llamativo, pues pasó de ser un científico loco, a un villano atormentado por un amor perdido, y un accidente que únicamente dejó vivo su sentimiento de venganza. Freeze no es tan malo, en su capítulo inaugural, Heart of Ice, Batman únicamente interfiere en el camino del villano para vengarse del malvado empresario que ocasionó sus desgracias, y este pues únicamente quiere que el murciélago no se meta en el asunto. No es de extrañarse que Heart of Ice ganara un Emmy ese año a mejor guión en un programa animado.

Poison Ivy (también conocida como Hiedra Venenosa), la co-antogonista en la fatídica película Batman & Robin de 1997, la cual dio fin a la serie de 4 películas de Batman en los 90s, que comenzara con un doblete de Tim Burton, se presenta en uno de los primeros episodios, como la novia de Harvey Dent (aun lejos de convertirse en Two Face), quien piensa vengarse del político que permitió la construcción de una represa que acabó con la población única de una rosa salvaje endémica. Pamela Isley es en realidad una botánica empedernida, una activista extrema de Green Peace, y probablemente lo más cercano a un “super-villano” en la galería de enemigos de Batman. Finalmente, el capítulo que me gustaría resaltar, es el que presenta la transformación de Harvey Dent al villano Dos Caras, historia que se contó en dos capítulos consecutivos, y que permitió desarrollar fenomenalmente al personaje que pasa de ser un respetado político a un esquizofrénico maniático, que pierde la cabeza al más leve impulso, y finalmente, tras una tragedia, al desfigurado y vengativo villano Two Face. Lo interesante es que Dent venía siendo ilustrado desde capítulos anteriores, como un gran amigo de Bruce Wayne, y que al igual que en Heart of Ice, Two Face no es el verdadero villano, sino más bien los gangsters que lo chantajean y que lo llevan a su trágico cambio de vida.

Harvey tras la operación de reconstrucción facial.

Volviendo a las películas de los 90s, vale resaltar que el éxito alcanzado por la primera película de Batman diriga por Tim Burton y protagonizada por Michael Keaton y Jack Nicholson, que además tenía un ambiente oscuro tanto en paleta de colores, como en la temática de sus temas (muy diferente al cómico Batman de Adam West de los años 60s), permitió a los escritores de la serie entregar al público un programa de calidad, sin mayor censura a su creatividad. La serie finalmente daría origen a un universo animado que incluiría series de Superman, la Liga de la Justicia y Batman del Futuro (así como proyectos poco asociados, pero que ocurrían dentro del mismo universo, como ser Static Shock y Proyecto Zeta). Con los años, en varias ocasiones se ha buscado revivir a Batman para una serie animada, pero así como ha sucedido con Spiderman y los X-Men, sus versiones animadas de los 90s permanecen siendo las más duraderas. Con el enfoque de las compañías, tanto Marvel como DC en la pantalla grande, es probable que estas versiones animadas sigan siendo las definitivas por mucho tiempo.