Father John Misty – I Love You, Honeybear

Father John Misty backstage

Father John Misty backstage

Los artistas, la música, esa viene y va. En ese transcurso, algunos dejan huellas indelebles, discos y canciones que son y seguirán siendo escuchadas por muchos años. Pienso esto dado que en el año 2008, cuando salió a la luz el debut epónimo de la banda norteamericana Fleet Foxes, el disco fue casi universalmente aclamado como uno de los mejores de dicho año. A mi parecer, la opinión era acertada, Fleet Foxes era un álbum que combinaba hermosas melodías con cantos sonoros para producir de relajación y meditación. Sin embargo, aparte de incluir sencillos contemporáneos como Your Protector o White Winter Hymnal en la memoria de mi celular, realmente no creo haber vuelto a escuchar dicho álbum, tal vez en algún punto circa 2011, cuando saliese Helplessness Blues, su segundo trabajo discográfico. J. Tillmantenía una carrera antes y después de haber formado parte de Fleet Foxes, y a decir verdad desconozco sus detalles más allá de este, su segundo trabajo como Father John Misty.

Father John Misty – Chateau Lobby # 4 (in C for Two Virgins)

La conexión con la banda de Seattle es innegable, la hubiera identificado aun sin haber llegado a leer los artículos que acompañaron el lanzamiento de I Love You, Honeybear. Los canticos corales que crean atmosfera son claramente identificables, si bien es cierto que Tillman se sale de la imagen de “tipos con barbas y camisas de cuadros que aparentan vivir toda su vida en la montaña” que presenta a Fleet Foxes al integrar elementos electrónicos dentro de su propuesta. Lejos de incomodar, los sintetizadores y drum machines pintan un bonito retrato a lo largo del tiempo de duración. Un retrato que está muy bien ejemplificado en la problemática portada del disco, la cual en su versión vinilo traía a los personajes en forma de diorama, los cuales al ser empacados terminaron dañando el acetato y obligando a la disquera a recompensar a sus fans con una copia con sonido no alterado.

La personalidad de Tillman se filtra no solo en su música, sino que su voz hace que sus letras sean entendibles, y desde las mismas se filtra su peculiar sentido del humor, un tanto oscuro y lleno de ironía. “Me encanta el tipo de mujeres que pueden caminar sobre un hombre, me refiero a que lo hagan como una maldita banda marchante”, canta Tillman en The Night Josh Tillman came to Our Apartment, y su humor se sintetiza más aun en Bored in the USA, una alusión a Bruce Springsteen y al mismo tiempo a la decadencia del estilo de vida norteamericano.

Father John Misty – Bored in the USA (En vivo en el show de Letterman)

No puedo decir a ciencia cierta si llegaré a escuchar I Love You Honeybear una vez que diciembre termine con este año. Probablemente su ventaja por sobre Fleet Foxes sea que acá no existen canciones que sobresalgan entre las demás (como era el caso de Your Protector, Mykonos o White Winter Hymnal, aunque no de Helplessness Blues), y que cuando escuchar a Father John Misty, me vea obligado a sentir la experiencia del disco completo. Más allá de los discos indelebles, los cuales solamente el tiempo los ira diferenciando, I Love You Honeybear se suma como uno de los discos más agradables de este 2015.

Father John Misty - I Love You, Honeybear

3.5/5

Sleater-Kinney – No Cities to Love (2015)

Es difícil actuar emocionado con respecto al regreso de Sleater-Kinney, cuando el trío de mujeres del norte de Estados Unidos anunciara a finales del año pasado su regreso tras 10 años de silencio. La banda no había sido en mi galaxia musical más que una recomendación permanente, con una marca de interés para meterme más de lleno en su discografía en un futuro. Tomó que se levantaran de entre los muertos para que finalmente les prestara la atención debida.

Su discografía es amplia, abarcando diez años desde el debut Sleater-Kinney en 1995, hasta el que es considerado su mejor trabajo, Sleater-Kinney de 2005. Su carrera se monta en la musical ola feminista de principios de los 90s llamada Riot Grrrl, la cual exigía atención hacia los problemas de las mujeres y cuyos grupos estaban compuestos enteramente por féminas. Las influencias del género aun son percibidas en agrupaciones actuales, sin embargo, la mayoría ignora la existencia de bandas comoL7, Bikini Kill o Babes in Toyland. Esto es comprensible, dado que lo musical solía quedarse corto al lado de la carga política, con producciones crudas y ruidosas muy poco accesibles. Los artistas que finalmente sobresalieron más de dicha escena fueron aquellos (o debería de decir “aquellas”) que no se quedaron encasillados en las limitantes tanto líricas como estilísticas del género. Hole es un buen ejemplo, pero si hay que resaltar alguna, esa es Sleater-Kinney.

No puedo hablar con propiedad de sus primeros diez años de trayectoria. Habré escuchado The Woods o discos como Sleater-Kinney un par de veces, y podría resaltar una que otra canción, pero es hasta No Cities to Love que realmente me he propuesto entrarle a la banda. Y pues lo primero que debo decir es que esta es probablemente la mejor puerta de entrada a la banda, dado que a lo largo de sus diez canciones se puede encontrar la actitud confrontativa, acompañada de excelentes ganchos instrumentales que le dan personalidad a cada canción a tal punto que es difícil resaltar una en particular sobre las demás. Si bien es cierto que el sonido puede parecer un tanto similar, esto sencillamente se debe a la cohesión que un álbum debe tener; tal vez no tan perceptible, pero sí existente.

Sleater-Kinney – Jumpers (2005)

En cuanto a las letras, vale resaltar la canción que da título al álbum, y que propone que las ciudades (y muchas cosas en general) son simplemente la suma de sus partes, y que es por eso que las apreciamos. “Me parece que lo único que trae la fama es mediocridad”, canta la banda en Hey Darling, justo antes de la canción que ve el final a los diez años de silencio de estas chicas, que ya pasando de los cuarentas seguramente tienen nuevas preocupaciones que hace 20 años, pero la fama nunca ha parecido ser una de ellas. Puede que la carrera de la bnada no les haya dado mayor fama ni dinero, pero sí una sólida fanaticada que con que este disco, sin duda crecerá (cuentenme a mí entre los nuevos adeptos).

Sleater-Kinney – A New Wave (2015)

No Cities to Love al final no está rompiendo nuevos territorios, sin embargo, echa de ver que a pesar de diez años de silencio como banda (Carrie Brownstein forma parte del equipo de la comedia Portlandia, mientras Janet Weiss tocó con Stephen Malkmus y formó su propia banda Wild Flag), la banda sigue haciendo bien lo que siempre ha hecho. El disco al final representa la vuelta al firmamento de una muy buena banda de rock, al igual que representa la oportunidad para muchos, incluyendo este escritor, de descubrir lo logrado por estas chicas a finales de los 90s y principios de la década del 2000 en un género musical (rock alternativo y rock en general), que ha sido ampliamente monopolizado por hombres.

Sleater-Kinney - No Cities to Love

Rating: 4/5

¡Róbate este post!

En el año 2002, la banda armenio-americana System of a Down lanzaba un álbum con un título parecido a este post, haciendo referencia a la vez a un libro de la contracultura del os años 70 (Steal This Book de Abbie Hoffman), y como respuesta a la frustración causada por el filtrado a través del internet de lo que sería su tercer disco, un año después de Toxicity, el álbum que los dio a conocer ampliamente en el mundo musical. Los piratas cínicamente lo llamaron Toxicity II, pero lo que en realidad molestó a la banda, fue la mala calidad del filtrado y que muchas de las canciones que aparecieron ni siquiera estaban culminadas. La versión final, Steal This Album! vería la luz ese mismo año, aunque con un artwork casi inexistSystem-Of-A-Down-Steal-This-Albumente, y a pesar de que los miembros de la agrupación han reiterado que es de sus trabajos favoritos, pocas de las canciones del álbum son tocadas en concierto.

El disco es curioso, pues fue uno de los primeros en tocar abiertamente el conflicto de los filtrados y descargas por internet, en una época donde aún usabamos Kazaa y iMesh, y más de una tienda de discos sobrevivía en la capital. Para ese entonces comenzaba una campaña mediática en contra de la piratería, y en un spot que no faltaba en cada función de una película, se hacía una analogía entre bajar música o una película y robarse un carro; buscando hacernos sentir culpables por bajar música ilegalmente (ni hablar del más reciente “tenemos un papá pirata“…).

El Siglo XXI ha encontrado soluciones; iTunes se convirtió en una alternativa a tener que ir a la tienda, pero esa era la esencia de comprar música y no el problema. La aparición de plataformas como Spotify parecen indicar una percepción de la imposibilidad de erradicar el problema y más bien apuntan que la nueva estrategia es sacar por lo menos unos centavos de ganancia (que multiplicados ya no son centavos, pero sí significativamente menores a cuanto se movía en la década del 90). En esta entrada, platicaré un poco de mi relación con la descarga de música, tomando en consideración el factor ético.

Siempre me ha gustado la música, y siempre me ha gustado tener los discos, incluso a pesar de no haber vivido la gloriosa era de los vinilos, las portadas y booklets, especialmente aquellos que traían las letras en una era antes de que el internet las hiciera fácilmente accesibles. Sin embargo, hay que reconocer que poseer una biblioteca/audioteca musical conlleva un gasto económico, por lo cual el poder acceder a todo el mundo musical a través del internet y con nada más que el gasto mensual de conexión  y electricidad parece ser una idea llamativa, especialmente cuando no nos queremos arriesgar con comprar un disco sin saber si este tendrá más que un par de buenas canciones.

Bajar música no es malo, el internet ha sido la forma por medio de la cuál me he enterado de la existencia de gran parte de mis bandas y discos favoritos, y es más, siempre busqué complementar mi colección digital con una física. No sería de extrañarse que detrás de este comportamiento haya algo de “atonement”, un sentimiento de culpa, pero es innegable que hay algo de atractivo en todo el ritual de poner un disco en el equipo de sonido y escucharlo mientras se hojea un booklet o se analiza la portada. Lamentablemente, hoy por hoy, las tiendas de discos están casi extintas, o comprensiblemente sobrevaloran sus precios, pero gracias a CD Music y su importación de discos de segunda, así como por mi manía de intentar comprar un disco en cada viaje que realizo, he logrado acumular una decente colección musical. Sin embargo, hoy en día, y salvo la excepción de algún disco comprado en el supermercado, la gran parte de mi música la consumo digitalemente.

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La pregunta entonces es si ¿siento algún cardo de conciencia? Pues, Spotify viene siendo mi fuente primaria, pues mis más de 200 GB de música están en un molesto disco duro externo. Sin embargo, al final, Spotify es un proceso de prueba. Si me gusta un disco, pues eventualmente lo descargaré para poder andarlo conmigo en mi iPod (si me preguntan, Soulseek es el mejor programa para descargar música). ¿Es igual entonces descargar un álbum o película que robarse el BMW del vecino? ¿Debemos de sentirnos culpables de ser padres piratas? ¿Le enseñamos algo malo a nuestros hijos al consumir media ilegal? Puedo decirles tranquilamente que no. Cualquier persona con la mínima educación sabrá que robar de una tienda no es correcto, ni siquiera un chicle o una dona. No me considero puro e impío, pero creo tener la capacidad de distinguir entre malo y bueno, pero el caso ilustrare con dos ejemplos en los que pude haberme quedado con disco/s de otros racionalizando mis acciones.

En mi año de intercambio en Finlandia, uno de los lugares que más frecuentaba era la biblioteca musical del pueblo (en solo ese año 2009-2010 logré experimentar la transición en la cual las tiendas se fueron vaciando de discos y la única especializada hasta desapareció). Era un lugar agradable, con la capacidad de escuchar discos de vinilo, leer Mojo Magazine y demás literatura musical y sacar sin costo alguno más de 10 discos, los cuales se prestaban por una semana. Era una rutina semanal ir a cambiar el set de discos que escucharía, una rutina que disfrutaba. La colección era decente, y la última semana recuerdo que fue la que más saqué, se me llegó a cruzar por la mente que muchos de esos discos bien podrían sentarse muy bien en mi propia colección y que algunos serían difíciles de conseguir una vez que saliera de Finlandia. Lo pensé, probablemente hasta les hice espacio en mi maleta; confiaba en que no sospecharían nada en el aeropuerto, pero finalmente desistí, y al igual que cada semana, fui a dejar los discos casi robados.

Al regresar a Honduras, en la casa de un amigo (él sabrá de quién hablo), su papá tenía una colección que también habría acumulado hace ya varios años. Solía quedarme viéndolos y escuchándolos; siendo el DJ mientras los demás loqueaban. En mi etapa en el colegio me parecía una interesante colección, hoy en día la vería con otros ojos, pero habían cosas interesantes como Automatic for the People de R.E.M. o The Joshua Tree de U2, banda consentida del dueño de la casa. Sin embargo, el disco que me tentó mucho fue un Rumours de Fleetwood Mac, aquel icónico disco de 1977 grabado luego de la separación de las dos parejas existentes en la banda. Es un disco cargadísimo emocionalmente, y que los que son contemporáneos probablemente ya hasta se hayan asqueado de él, sin embargo yo lo descubrí hace poco (relativamente, ya han de ser unos 7 años). Como les decía, el papá de mi compañero notablemente tenía sus discos favoritos en la guantera de su camioneta, y probablemente era yo quien le daba más uso a su colección, por lo que en algún momento pensé que ese Rumours se vería mejor en mi marquesa. Además, para aquellos días había desaparecido en esa casa una muy preciada mochila Jeep con la que viajé por Europa en mis días al otro lado del charco. “Sería justo…” pensé. Pero no lo era, no era correcto. Tenía la confianza de todos en esa casa, y aunque nunca se llegarán a dar cuenta, mi conciencia quedaría manchada con el hecho. No lo hice, y hoy en día que mi propia colección permanece sin ser usada habitualmente, pues me pongo en su lugar (el de un adulto),  y me doy cuenta que lo digital es lo más apropiado para las obligaciones que la edad corresponde, y que aún así no me gustaría que mis discos comenzaran a desaparecer sigilosamente…

Así que bueno, al final son ejemplos retóricos, que bien podría ser que deseaba sacarlos de mis adentros, pero a la vez pienso que sirven efectivamente para ilustrar el abismo moral que existe entre robar una copia física, de la pertenencia de alguien más que de una disquera (los artistas reciben muy poco de ese dinero), y bajar un miserable disco del internet que de otra forma sería casi imposible de conseguir, y que además muy probablemente venga de un artista que no le interesa y probablemente ni sepa donde queda nuestro país y que a lo mejor ni me guste.

Y como todo lo que escriba no puede ser más elocuente que Matt Stone y Trey Parker, acá les dejo un fragmento (pirateado) de la caricatura South Park, el cual deja todo muy claro: