Diego Ardón: el álbum y la película

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Anoche soñé que encontraba una flauta transversa abandonada, entre cajas en la bodega de la casa. Una flauta probablemente heredada de la hija de una amiga de mi papá que probablemente la tenga abandonada en la vida real. En el sueño, tomaba la flauta y con toda la naturalidad del mundo daba vida a sonidos melodiosos. Posiblemente el sueño en realidad había sido provocado por haber visto la semana anterior un DVD de Jethro Tull en el Festival de Jazz de Montreux del año 2003, y no como señal de alguna habilidad escondida dentro de mí.

Aún así, mientras miraba un documental sobre la historia del Jazz, como forma de educarme frente a un futuro programa de A la izquierda del dial (mi programa radial), observé que mi papá, en una búsqueda por un escurridizo cargador, como suelen ser esos aparatos, había dejado a la vista el estuche del viejo saxofón Yamaha de mi hermano hace ya unos 15 años y abandonado hace unos 12. Aún incrédulo en la clarividencia de los sueños (a pesar que la noche anterior al bombardeo en la UNAH de la semana pasada, yo ya lo había soñado), tomé el instrumento y tras varios minutos de soplar sin éxito y dos que tres videos de Youtube, logré hacer que la cañuela vibrara apropiadamente, a pesar que en la media hora de práctica, únicamente un trío de clavijas lograron variar el sonido producido.

Hacer sonar el saxofón tras tres años de silencio fue satisfactorio, pero más despertó una idea en mi cabeza. Mi padre, quien siempre nos apoyo en lo musical, a pesar de carecer de cualquier talento nato o disciplina necesarias para dominar algún instrumento en particular, logró equipar la casa con micrófonos, amplificadores, teclados, guitarras acústicas y eléctricas, un bajo tocado por Delirium, una batería desaparecida y el anteriormente mencionado saxofón, por no agregar las flautas dulces, armónicas y hasta una pequeña consola de sonido.

Muy fácilmente podría aventurarme a formar una banda con ese equipo, pero nunca logré hacerlo. La falta de talento, disciplina y/o dedicación fueron factores clave, y ya a mis 23 años, montado en el tren de la vida, veo la proeza aun más difícil que cuando mi mayor preocupación era garrotearme los iones poliatómicos para el examen de química en décimo grado. Luego recordé la vez que participé en el programa ¿Quién quiere ser millonario?, y a pesar de no llegar a la silla caliente, se me vino la idea que de haber ganado, bien me podría haber dado el lujo de dedicarme un año entero a componer y grabar un álbum.

“O de haber ganado… hubiese invertido ese dinero y ese año en realizar una película independiente. Algo dirigido y escrito por mí, un cuidado trabajo que sobresaliera entre la precariedad de lo que se hace llamar ‘cine hondureño’ en estos días” pensaba, meintras miraba Life Itself, el documental que cuenta la trayectoria del célebre crítico de cine norteamericano Roger Ebert, así como sus últimos años de vida, luchando contra un cáncer que en 2006, 7 años antes de su muerte, le costó la mandíbula y con ello el habla. Ebert me recordó que desde más joven (ya serán diez años en el 2017), encontré consuelo en reseñar tanto películas como música. Repasando lo escrito en aquel entonces, encuentro muchas de las reseñas insatisfactorias; malas a decir verdad, pero por otro lado, tras unos 3 años de haber abandonado el hábito, siento admiración por la evolución que iba tomando y el ritmo que logré adquirir en cierto momento; ritmo que sinceramente desearía recuperar. Y pues esa fue la idea con comenzar estos blogs (Written in Marvel es un blog dedicado exclusivamente a los comics), buscando recuperar el ritmo que alguna vez alcancé en mi antiguo blog diegoardonsblog.blogspot.com y en la comunidad de Rateyourmusic, donde llegué a tener 7 reseñas resaltadas en la portada de la página.

Por el ritmo en que posteó nuevas entries hoy en día, habrán notado que “recuperar el ritmo” ha probado ser difícil, y la única razón por la que me encuentro escribiendo el día de hoy, es debido al feriado de semana santa, cuyas obligaciones pos-feriado me permiten quemar 2 horas en un ensayo sin sentir que estoy sacrificando tiempo de estudio o tareas. Así que espero que durante esta semana, la mayor actividad en mis cuadernos y blogs permita despertar el músculo atrofiado que no recuerdo bien porque dejé de ejercitar. En cuanto al álbum o la película, no la esperen de pie, pues ya las considero aspiraciones poco probables en esta vida, aunque si bien consigo regresar a otro programa de concursos, tal vez logré hacer valer la acumulación de trivias en mi cabeza para ganarme el año sabático que me permita realizar alguna de estas opciones.

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¡Róbate este post!

En el año 2002, la banda armenio-americana System of a Down lanzaba un álbum con un título parecido a este post, haciendo referencia a la vez a un libro de la contracultura del os años 70 (Steal This Book de Abbie Hoffman), y como respuesta a la frustración causada por el filtrado a través del internet de lo que sería su tercer disco, un año después de Toxicity, el álbum que los dio a conocer ampliamente en el mundo musical. Los piratas cínicamente lo llamaron Toxicity II, pero lo que en realidad molestó a la banda, fue la mala calidad del filtrado y que muchas de las canciones que aparecieron ni siquiera estaban culminadas. La versión final, Steal This Album! vería la luz ese mismo año, aunque con un artwork casi inexistSystem-Of-A-Down-Steal-This-Albumente, y a pesar de que los miembros de la agrupación han reiterado que es de sus trabajos favoritos, pocas de las canciones del álbum son tocadas en concierto.

El disco es curioso, pues fue uno de los primeros en tocar abiertamente el conflicto de los filtrados y descargas por internet, en una época donde aún usabamos Kazaa y iMesh, y más de una tienda de discos sobrevivía en la capital. Para ese entonces comenzaba una campaña mediática en contra de la piratería, y en un spot que no faltaba en cada función de una película, se hacía una analogía entre bajar música o una película y robarse un carro; buscando hacernos sentir culpables por bajar música ilegalmente (ni hablar del más reciente “tenemos un papá pirata“…).

El Siglo XXI ha encontrado soluciones; iTunes se convirtió en una alternativa a tener que ir a la tienda, pero esa era la esencia de comprar música y no el problema. La aparición de plataformas como Spotify parecen indicar una percepción de la imposibilidad de erradicar el problema y más bien apuntan que la nueva estrategia es sacar por lo menos unos centavos de ganancia (que multiplicados ya no son centavos, pero sí significativamente menores a cuanto se movía en la década del 90). En esta entrada, platicaré un poco de mi relación con la descarga de música, tomando en consideración el factor ético.

Siempre me ha gustado la música, y siempre me ha gustado tener los discos, incluso a pesar de no haber vivido la gloriosa era de los vinilos, las portadas y booklets, especialmente aquellos que traían las letras en una era antes de que el internet las hiciera fácilmente accesibles. Sin embargo, hay que reconocer que poseer una biblioteca/audioteca musical conlleva un gasto económico, por lo cual el poder acceder a todo el mundo musical a través del internet y con nada más que el gasto mensual de conexión  y electricidad parece ser una idea llamativa, especialmente cuando no nos queremos arriesgar con comprar un disco sin saber si este tendrá más que un par de buenas canciones.

Bajar música no es malo, el internet ha sido la forma por medio de la cuál me he enterado de la existencia de gran parte de mis bandas y discos favoritos, y es más, siempre busqué complementar mi colección digital con una física. No sería de extrañarse que detrás de este comportamiento haya algo de “atonement”, un sentimiento de culpa, pero es innegable que hay algo de atractivo en todo el ritual de poner un disco en el equipo de sonido y escucharlo mientras se hojea un booklet o se analiza la portada. Lamentablemente, hoy por hoy, las tiendas de discos están casi extintas, o comprensiblemente sobrevaloran sus precios, pero gracias a CD Music y su importación de discos de segunda, así como por mi manía de intentar comprar un disco en cada viaje que realizo, he logrado acumular una decente colección musical. Sin embargo, hoy en día, y salvo la excepción de algún disco comprado en el supermercado, la gran parte de mi música la consumo digitalemente.

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La pregunta entonces es si ¿siento algún cardo de conciencia? Pues, Spotify viene siendo mi fuente primaria, pues mis más de 200 GB de música están en un molesto disco duro externo. Sin embargo, al final, Spotify es un proceso de prueba. Si me gusta un disco, pues eventualmente lo descargaré para poder andarlo conmigo en mi iPod (si me preguntan, Soulseek es el mejor programa para descargar música). ¿Es igual entonces descargar un álbum o película que robarse el BMW del vecino? ¿Debemos de sentirnos culpables de ser padres piratas? ¿Le enseñamos algo malo a nuestros hijos al consumir media ilegal? Puedo decirles tranquilamente que no. Cualquier persona con la mínima educación sabrá que robar de una tienda no es correcto, ni siquiera un chicle o una dona. No me considero puro e impío, pero creo tener la capacidad de distinguir entre malo y bueno, pero el caso ilustrare con dos ejemplos en los que pude haberme quedado con disco/s de otros racionalizando mis acciones.

En mi año de intercambio en Finlandia, uno de los lugares que más frecuentaba era la biblioteca musical del pueblo (en solo ese año 2009-2010 logré experimentar la transición en la cual las tiendas se fueron vaciando de discos y la única especializada hasta desapareció). Era un lugar agradable, con la capacidad de escuchar discos de vinilo, leer Mojo Magazine y demás literatura musical y sacar sin costo alguno más de 10 discos, los cuales se prestaban por una semana. Era una rutina semanal ir a cambiar el set de discos que escucharía, una rutina que disfrutaba. La colección era decente, y la última semana recuerdo que fue la que más saqué, se me llegó a cruzar por la mente que muchos de esos discos bien podrían sentarse muy bien en mi propia colección y que algunos serían difíciles de conseguir una vez que saliera de Finlandia. Lo pensé, probablemente hasta les hice espacio en mi maleta; confiaba en que no sospecharían nada en el aeropuerto, pero finalmente desistí, y al igual que cada semana, fui a dejar los discos casi robados.

Al regresar a Honduras, en la casa de un amigo (él sabrá de quién hablo), su papá tenía una colección que también habría acumulado hace ya varios años. Solía quedarme viéndolos y escuchándolos; siendo el DJ mientras los demás loqueaban. En mi etapa en el colegio me parecía una interesante colección, hoy en día la vería con otros ojos, pero habían cosas interesantes como Automatic for the People de R.E.M. o The Joshua Tree de U2, banda consentida del dueño de la casa. Sin embargo, el disco que me tentó mucho fue un Rumours de Fleetwood Mac, aquel icónico disco de 1977 grabado luego de la separación de las dos parejas existentes en la banda. Es un disco cargadísimo emocionalmente, y que los que son contemporáneos probablemente ya hasta se hayan asqueado de él, sin embargo yo lo descubrí hace poco (relativamente, ya han de ser unos 7 años). Como les decía, el papá de mi compañero notablemente tenía sus discos favoritos en la guantera de su camioneta, y probablemente era yo quien le daba más uso a su colección, por lo que en algún momento pensé que ese Rumours se vería mejor en mi marquesa. Además, para aquellos días había desaparecido en esa casa una muy preciada mochila Jeep con la que viajé por Europa en mis días al otro lado del charco. “Sería justo…” pensé. Pero no lo era, no era correcto. Tenía la confianza de todos en esa casa, y aunque nunca se llegarán a dar cuenta, mi conciencia quedaría manchada con el hecho. No lo hice, y hoy en día que mi propia colección permanece sin ser usada habitualmente, pues me pongo en su lugar (el de un adulto),  y me doy cuenta que lo digital es lo más apropiado para las obligaciones que la edad corresponde, y que aún así no me gustaría que mis discos comenzaran a desaparecer sigilosamente…

Así que bueno, al final son ejemplos retóricos, que bien podría ser que deseaba sacarlos de mis adentros, pero a la vez pienso que sirven efectivamente para ilustrar el abismo moral que existe entre robar una copia física, de la pertenencia de alguien más que de una disquera (los artistas reciben muy poco de ese dinero), y bajar un miserable disco del internet que de otra forma sería casi imposible de conseguir, y que además muy probablemente venga de un artista que no le interesa y probablemente ni sepa donde queda nuestro país y que a lo mejor ni me guste.

Y como todo lo que escriba no puede ser más elocuente que Matt Stone y Trey Parker, acá les dejo un fragmento (pirateado) de la caricatura South Park, el cual deja todo muy claro: