Breaking Bad

heisenberg

Una madrugada de la semana pasada, con el reloj cercano a las 2 de la mañana, terminé de ver el último episodio de la serie de televisión Breaking Bad. Para cualquiera que aun no la haya visto, o “solo haya visto partes”, les advierto, esta entrada tendrá spoilers y si bien trataré de anunciar los más significativos, los invito a que miren toda la serie de principio a fin.

Me encantan las películas, pero no soy mucho de series. Puede que generalmente carezca de la disciplina de seguirle el hilo a una historia por 100 capítulos seguidos. En estos momentos realmente no recuerdo que otra serie he visto de principio a fin; me faltan tres episodios de Mad Men para estar al día y esperar los últimos capítulos a salir este 2015, y comencé a ver Lost, pero creo que llevo unos 3 años y aun me falta la mitad de la última temporada. Lost claramente ilumina el problema sobre muchas series; si estas son realmente exitosas, los escritores buscarán formas de alargar las tramas lo más posible a pesar de que dejen mucho de la calidad en el camino. Aun sin haber terminado de ver Lost, creo que la serie pudo haber funcionado mejor con dos temporadas menos ya que la segunda y tercera temporada se vuelven cansonas y muy repetitivas.

Pero bueno, quería hablar de Breaking Bad, y pues resaltar el hecho de que en poco más de un año terminé de ver los 62 episodios que la componen, y este tiempo se alargó debido a que intercambiaba temporadas con Lost y a que realmente, ver Breaking Bad es adictivo y no me atrevía a hacerlo mientras tenía verdaderas cosas pendientes. Probablemente ya conozcan la historia y no he de perder mucho tiempo en ello; Walter White, un químico inteligente con la capacidad de hacer grandes cosas lleva una vida de frustración, dando clases en una secundaria, con un hijo que nació con complicaciones físicas y una hija más en camino. Para rematar todo, Walter es diagnosticado con cáncer y esto parece ser el detonante para que Walt deje atrás sus escrúpulos y busque sacar ventaja de sus conocimientos de la materia para fabricar la meta anfetamina más pura en el mercado. Con esto, Walt espera dejar suficiente dinero para mantener a su familia una vez que muera.

Eso es lo básico que deben saber, pero las cosas se van volviendo más complicadas e interesantes una vez que se introducen distintos personajes y la serie va tomando nuevas direcciones, con el arco principal siendo el cambio progresivo de Walt a lo que se convierte cerca del final de la serie. Si no la han visto, probablemente este sea un buen punto para dejar de hacerlo.

cast

Mi papá, quien ocasionalmente se detenía a mirar el programa conmigo, a pesar de que no tenía subtítulos, se interesaba lo suficiente para quedarse un rato, y yo disfrutaba tratando de explicarle brevemente la complejidad del programa. Cada cosa que pasa está fríamente calculada dentro del guión. La madrugada que vi los últimos capítulos, él leía al escritor chino Mo Yan; mi papá, quién aún maneja que el fin de todos los medios es educar, me planteó una pregunta interesante, “¿que había aprendido de todo eso?”. ¿Meterse a la droga es un camino irreversible y cuyas ventajas no siempre se puede disfrutar? No, eso parece muy obvio, y me hubiese ahorrado esos 62 episodios si ese fuera el mensaje. Realmente, no todo debe tener un mensaje; como entretenimiento, Breaking Bad es lo mejor que van a encontrar en la tele. Los montajes musicales, las actuaciones, el muy cuidadoso guión, sino observen mi capítulo favorito One Minute de la tercera temporada (probablemente la más emocionante); todo eso por si solo es razón suficiente para seguir la serie. Finalmente, me di cuenta que el mensaje se encontraba en la confesión que un prófugo Walter hace a su esposa en el capítulo final. Walter pasó engañándose toda la serie que lo que hacia, lo hacia por su familia, cuando realmente, lo hacía por él, porque quería y porque era bueno en lo que hacía, dándonos a entender que en realidad no hay razón lo suficientemente “noble” como para adentrarse en una vida de crimen.

Sin embargo, parte del éxito de la serie radica en lo creíble que es la transformación de Walter, de una persona como decir, mi papá, a un criminal capaz de matar a una docena de personas en diez minutos únicamente para mantener su nombre seguro. En la primera temporada, cuando golpea a los tipos que se burlan de su hijo, o cuando enciende el carro del idiota de la gasolinera, Walter se va ganando la simpatía de la audiencia, quienes ingenuamente ignoran lo que él hace (incluso Jesse, cerca del final de la serie prueba ser redimible a un punto al que Walt ya no es capaz de llegar, se arrepiente de los asesinatos que causaron sus negociaciones, ignorando el impacto que su producto seguramente tenía en sus consumidores). Aún así, en el sorprendente final de la segunda temporada, cuando Walt regresa a donde un muy drogado Jesse y ve morir a Jane, la quiebrabolas novia de este, en una situación que él fácilmente pudo haber evitado, no pude evitar pensar que se lo había buscado e incluso, que yo hubiese hecho lo mismo. Es hasta el final de la cuarta temporada, en los segundos finales, cuando nos damos cuenta que Walt envenenó a un niño para hacer que Jesse volviese a ser su aliado, que el personaje marcó una línea en el suelo para mí. En la última temporada, Walt ya es un monstruo, sin remedio, y cuyos actos finales son nada más una remediación obligatoria, contrario a ser percibida como un acto heroico.

Si bien la tendencia se miraba desde el principio, se volvió más evidente en el capítulo que Hank  comparte con su sobrino luego de haber acabado con dos muy aterradores matones. El cuñado, agente de la DEA es el verdadero héroe de la serie, y tal como hace el paralelismo en ese capítulo, al igual que en el caso de Pablo Escobar, nadie habla mucho, ni conoce a los responsables de haberlos atrapado; nuestra sociedad, aparentemente, prefiere al antihéroe, y quienes no logren ver la serie de principio a fin puede que se pierdan el “mensaje” de la serie, si es que en realidad lo hay.

Una última crítica que tengo sobre la última temporada, es el hecho de que los antagonistas principales (Lydia y Todd), son personajes que aparecen hasta ese momento, y que nunca habían sido mencionados anteriormente, casi pareciendo una idea tardía. Si bien no estoy pidiendo su aparición, algún tipo de cameo, especialmente por parte de Lydia (el de Todd tendría poco sentido) hubiese sido genial. Yo pasé casi toda la última temporada pensando que un Gus Fring sin la mitad de su cara iba a reaparecer en cualquier momento.

Bueno, únicamente queda por esperar a ver que tal funciona Better Call Saul, una especie de precuela centrada en el personaje de Saul Goodman, interpretado genial y jocosamente por Bob Odenkirk, y que se estrenará con dos capítulos a principios de febrero. Espero que la historia se pare por si sola y que no recaiga en la fama cosechada por Breaking Bad, pues siento que ese arco ya se cerró cumpliendo satisfactoriamente su ciclo (Se dice que la serie contendrá tramas simúltaneas y posteriores a los eventos vistos en la serie madre). Adicionalmente, espero que se admita que en realidad era un chiste o que suceda algo que evite que salga la versión oficial colombiana de la serie. Tengo pesadillas con esa porquería, y si no me creen, solo miren el cast:

Las fiestas en vegetariano

Durante el año que tuve la fortuna de pasar en Finlandia conocí muchas cosas nuevas. De repente, me encontraba en un lugar donde la gente pensaba de maneras radicalmente diferentes y aun así podían convivir fácilmente; Musulmanes, ateos, homosexuales, góticos, y vegetarianos, y yo, un latino de un país que nadie sabía donde quedaba. Realmente nadie discriminaba ni preguntaba fisgonamente el por qué de las elecciones de los demás. Así son las cosas en una cultura más abierta y educada. Así que de un día para otro decidí dejar de comer carne por unos meses, y luego de la nada decidí comer pescado, y luego carne nuevamente y nadie me cuestionó nada. Al regresar a Honduras, carnívoro nuevamente, tuve la fortuna de encontrarme con el libro Eating Animals, escrito por Jonathan Saffran Foer, una lectura que finalmente me daba un argumento sólido con el cual lavarme las manos cada vez que alguien me hacia la molesta pregunta de por qué había decidido volver a hacerme vegetariano. “Leí un libro” respondía, daba el nombre, y todo aquel interesado estaba bienvenido a darle una leída a un libro de fácil lectura (incluso ofrecía prestarlo) que claramente expone los peligros ambientales y morales que conlleva el comer carne; la brutalidad inhumana que se vive en las fábricas de pollos y los destasaderos de cerdos y ganado, el impacto ecológico de las liberaciones de metano del ganado, la cantidad sorprendente de comida que ocupan los animales de granja para ser productivos y hasta la susceptibilidad a megazoonosis como la H1N1 o el SARS producto del mal manejo de animales. Saffran Foer es comprensivo, no condena tanto el comer carne, sino comer carne que para llegar a su plato ha tenido que sufrir un incuestionable maltrato, un hecho que la mayoría conoce pero prefiere ignorar a la hora del almuerzo. De igual forma Saffran Foer considera normal el probar el vegetarianismo, dejarlo y volver a intentarlo. Él mismo lo hizo repetidas veces, hasta que finalmente decidió dejar de hacerlo una vez que tuvo su primer hijo y decidió inculcarle valores diferentes a los que le fueron dados a él.

El clímax del libro se centra alrededor de la mesa del Día de Acción de Gracias, una de las fechas más importantes en el calendario de festividades norteamericanas, donde se acostumbra convivir con la familia, dar gracias por todas las bendiciones del año y comer un pavo, supuesta comida que compartieron los peregrinos con los nativos en el primer día de acción de gracias. Resaltó este capítulo en particular por el hecho de que en mis tres años de vegetarianismo estricto de 2011-2013 me tocó pasar por lo mismo, solo que en las dicembrinas fiestas de Navidad y Año Nuevo. En ambas vísperas solía tocarme observar como los demás comensales se alimentaban de cerdo o res, mientras a mi se me servía doble porción de ensalada o puré. No cocino, así que tampoco puedo exigir que se me haga una comida especial para la ocasión. De igual manera que el autor, coincidimos en que lo más importante de dichas fiestas no es que esta en la mesa, sino quienes están sentados alrededor.

A principios del 2014 dejé de ser vegetariano estricto. De visita a República Dominicana con mi mamá, nos encontrábamos en un restaurante donde ella quería comer, y donde no había nada agradable para mí en el menú. Decidí irme por la opción más pasable, pescado, y desde entonces, según el libro de Living Vegetarian for Dummies, me convertí en un pescetariano, alguien que solo come pescado y vegetales, o más precisamente, un flexetariano, alguien que ocasionalmente come pescado o en mi caso, mariscos. Debido a la confusión a la que se puede prestar estos términos, la mayoría siguen conociéndome como vegetariano, y aunque no lo sea, los dejo que lo digan sin juzgar ni explicar. No me siento orgulloso, lo mejor sería no comer carne, lo mejor sería no comer huevos ni tomar leche de animales que viven en condiciones deplorables, pero es difícil, y aun más si como explique anteriormente, no es uno quien cocina. Así que decidí dejar de complicar las cosas para mis mamás, y esta cena de Navidad y Año Nuevo hubo pescado en mi plato. La soya, legumbres, huevos y leche siguen siendo mi principal fuente de proteínas, pero de vez en cuando no descartó comer algo del mar, especialmente en ocasiones sociales. En cuanto a pollo, res o cerdo, esos siguen estando fuera de mi menú. Realmente creo inconcebible volver a alimentarme de alguno de esos animales, y más probablemente regrese al vegetarianismo estricto antes de comer conscientemente de uno de estos productos. Por mi parte me siento tranquilo de reducir la mortalidad de animales atribuidos a mi cuenta (una cantidad que Saffran Foer estima en 21,000 animales en la vida de un americano promedio).

Mi cena de Año Nuevo.

Mi cena de Año Nuevo.